Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

 
 
 
 
 

 

¡Oh, Ariadna!

Por Javier Cardenal Taján (Argentina)
xabi10xabi@gmail.com

Todo era perfecto: la huída victoriosa, la sensación del deber cumplido y sobre todo las señoritas. Lamentablemente la tormenta nos forzó a anclar en Naxos y alargar la congoja y espera de mi padre, sin embargo ¡qué bella isla!

La tripulación nunca perdió la calma a pesar de estar lejos de casa y haber quedado huérfana de licores debido a los festejos prematuros. En aquella isla los pájaros eran un festín para la vista. Bandadas poli cromáticas remontaban vuelo y se enredaban formando cometas diurnos que se extinguían en un horizonte púrpura. Espirituosos árboles nos dieron sus manjares en esos frutos que chorreantes otorgaban virilidad y se escurrían como venas por nuestros torsos dorados y semidesnudos. El viento calmo y tibio subía y bajaba en un trapecio de colores silbando un secreto a la flora e inventando sus propias curvas.

Su suave roce evocaba el tembloroso palpitar de la pasión. Más allá, una montaña se empecinaba en hacer más magnánimo el paisaje y escondía tras ella toda su beatitud sin saber quién soy, ni de qué soy capaz. La desafié y le di la vuelta, y como un niño enamorado, tierna y tibiamente, le resoplé mi nombre: Teseo, vencedor de Asterión, libertador de Atenas… ¡hijo de Egeo!

Pero lo más grato y empalagoso es el recuerdo de Fedra y Ariadna corriendo tenazmente por la playa, yendo de un extremo a otro. En ellas, mas sobretodo en Ariadna veía un ser que blasonaba vida y era poseedor de un profundo amor que trascendía mi persona y descendía por mis nervios hasta descargar una energía nunca antes experimentada. Tal centella endurecía mis órganos y erizaba mis cabellos. Tanto amor sólo podía provenir de un alma que había encarcelado sus más puros sentimientos por años ante las tiránicas opresiones y censuras de su padre, ¡Pero yo la liberté, y ella me enamoró!

Fue en Creta que vi, a través de la celda a la cual había sido confinado, su hermosa y pacífica figura. Mientras aguardaba el duelo con el monstruo me entretenía imaginando ser su esclavo al tiempo que ella, como sabiendo y desnudando mí pensar, me ofrendaba la mueca de su sonrisa. Tan sólo una mueca me bastaba, es que en ella cabía la gracia de todos los dioses. Sin embargo, en la isla de Naxos, o la rebautizada isla del dolor, cantan sus mejores recuerdos. Allí el sol y la tarde se amaban en su pelo y aún hoy distingo sus ojos mojando el cielo de un azul gema para dibujar la acuarela de un lugar ideal… ¡Oh, Ariadna! Qué descuido el mío.

Cómo forzar a la memoria para que renuncie a todo lo acontecido durante aquella jornada. Mnemósine no claudica ante mi espada y da cuenta que aquel día estábamos prontos a zarpar. Desde bien temprano me encontraba alistando a la tripulación y repasando el plan de navegación, no queríamos volver a toparnos con una tormenta. A pesar de mis sentidas y convincentes órdenes me sentía atolondrado, torpe, apresurado diría.

Desde la noche anterior, en la que Ariadna me amó como nunca antes, me carcomía la necesidad y urgencia por tener junto a ella una vida plena y de gran longevidad. La deseaba en ese preciso instante, la ansiedad brotaba de mi pecho entrecortando mi respiración y haciendo de mis sienes dos puntos remachados que entumecían todos mis sentidos. Objetando que el aire de mar dispersaría dichas aprensiones, eché manos al barco y dispuse regresar a Atenas cuanto antes. Transcurrido un tiempo breve pero prudencial noté que el golpeteo de las olas producía un ruido extraño en la barca, como el de alguien que llama por gentileza a la entrada de una morada sabiendo con anterioridad que va a traspasarla.

Allí di cuenta de mis distracciones y sus consecuencias: una parte del casco faltaba reparar. De haber continuado camino habríamos terminado compartiendo anécdotas con Poseidón en sus profundos dominios. Una ráfaga potente de viento me advirtió que había que volver a Naxos. Estando ya bajo el refugio de la isla consideré reparar el daño valiéndome de ningún tipo de ayuda -admito ser muy exigente conmigo mismo. No concebía que tras haber salvado a mis compañeros en Creta pude haberlos matado por un descuido de tal calibre. Sin embargo ellos, muy complacientes, ofrecieron sus brazos y fuerzas aludiendo las ganas de vanagloriarse cuanto antes por los jardines de Atenas. Fedra, impacientada ya, decidió aguardar a bordo creyendo que su presencia allí y no en tierra apresuraría las cosas.

En cambio Ariadna sufría terribles mareos, su rostro acrisolado se transformó en uno invadido por el pálido horror, el mismo que yo sufrí al ver la horrenda cara de su hermanastro. Decidí enviarla a tierra firme en donde debería recomponerse. Tras ello, comencé a trabajar en la avería con el ímpetu de un guerrero, aunque sin dejar de ver a mi amada que yacida en aquella playa reconfortaba mi espíritu. Me ausenté de su figura por un tiempo y me dejé seducir por el trabajo al igual que mis compañeros. Sudoroso terminé pero nunca más satisfecho.

Ahora sí, el hogar aguardaba y mi padre una ostentosa bienvenida nos daría. Me apresuré hacia lo alto de la embarcación cuando petrificado quedé al contemplar las vastas aguas y la situación. Un fuerte viento nos había arrastrado hacia altamar y apenas se podía divisar la costa. Cuando finalmente pude volver, descubrí que Ariadna yacía muerta en la playa. Estaba en la misma posición en que la había divisado y gozado por vez última.

Casi no recuerdo el regreso, se me turba la visión de aquello. Las velas negras eran tal vez la negrura de mi alma, mi borrascoso y desconsolado corazón. Mi padre al divisarlas tampoco encontró consuelo y al mar se arrojó. He rebautizado éstas aguas con el nombre de mi progenitor, escucho por las noches el chirriante chasquido del mar bravío contra las rocas, tal vez sea la voz de mi padre que se despide eternamente, no lo sé, no me alcanza. He tomado por esposa a Fedra. En ella veo, ocasionalmente, la sonrisa celestial de Ariadna… pero no me alcanza.

¡Oh, Ariadna! Qué descuido el mío.

13/11/2011

 

 

 

:: Bitácora • Novedades ::

Tiux

 

Poemas de Natalia Litvinova

Esteparia

 

 

Textos anteriores

Problemas surreales y reales en la traducción

Piel de jade

Las catacumbas de París: Desde abajo no se ve

Elige tu propia aventura

¡Oh, Ariadna!

Una tarde balcarceña se va... (y te ve llegar)

Ocaso pampeano

Mordisco del Diablo

Y más nada

¡Atenti, pibe!