| Las catacumbas de París
Desde abajo no se ve
Por Micaela Agostini
http://quesiendomoscanomeconozcas.blogspot.com
Fotos: Mariano García

Conocí a Pierre François en un chat y a pesar de que nuestras conversaciones se limitaban a charlas básicas en un español de liceo como: “Sí, sí, soy muy bien”, “está un lindo día hoy”, etc., no dudé un instante en ir a visitarlo cuando “la taupe de Paris” (su nickname) me lo propuso.
Después de unas cuantas escalas llegué al aeropuerto Charles de Gaulle. Entre la muchedumbre que esperaba a los pasajeros del vuelo VF123, un hombre verde con dientes de chicles Adams sostenía un cartel con mi nombre. “Hola, estoy Pierre François, la taupe de Paris”, dijo con su sonrisa de ratón. Respondí al saludo y en mi lista mental de “cosas que debo dejar de hacer porque ya estoy cerca de los 30” anoté: viajar 15.000 kilómetros para encontrar a un tipo con quien no comparto el mismo idioma y a quien nunca vi ni siquiera en fotos.
Empecé a caminar hacia la salida del aeropuerto tratando de ignorar a Pierre François y justo en el momento en que estaba llegando a la puerta automática me agarró del brazo. Miró mis dos valijas de 23 kilos cada una y en un “frañol” algo lamentable dijo: “c’est pas necesario” y me dio un overol azul y un casco blanco con linterna incrustada y cabeceó en dirección a los baños. Pensé en salir corriendo y huir de “la taupe de Paris” pero temí que “merci”, “bonjour” y “au revoir” no iban a ser suficientes para sobrevivir en una ciudad que no perdona la mala pronunciación. Así que me dirigí a los servicios vestida de civil y salí de allí disfrazada de empleada de Telefónica. Si piensan que esto podría arruinarle a cualquiera una estancia en París es porque todavía no les conté que Pierre François me obligó a abandonar mi dos valijas al lado de un tacho de basura.
Esa misma tarde, cuando vi por primera vez la Torre Eiffel a través de la ventanilla del Peugeot 205 modelo ’92 que manejaba Pierre François, supe que era acá donde quería pasar lo que restaba de mi juventud. Lo que no sabía aún era que iban a tener que pasar dos meses hasta que la viese nuevamente.
Lo que menos me gustó de la vivienda de Pierre François no fue que estuviera situada en el arrondissement 13, barrio que ni siquiera figura en las guías turísticas de París (después de todo yo viví en Boedo), sino que para ingresar uno debe levantar una tapa de alcantarilla y descender varios metros por unas escaleras extremadamente angostas y oxidadas. Sí, Pierre François era un catáfilo. Para los que pequen de la misma ignorancia que pequé yo, la catafilia no es una parafilia que involucre niños, animales o muertos. No. La catafilia es el término que designa a los aficionados de las visitas clandestinas a las antiguas canteras subterráneas de París. Claro que en el caso de Pierre François no se trataba de visitas sino de hábitat permanente.
El mundo subterráneo de París es uno de los más grandes del planeta. Los miles de kilómetros de túneles que se encuentran debajo de la ciudad proporcionaron hasta el siglo XIX piedras para la construcción de edificios como el Louvre y Notre Dame. Cada vez que por encima nuestro se alzaba algún museo o iglesia famosa, Pierre François alumbraba el techo con su linterna y contento me decía: “l’Opéra Garnier”. Yo miraba entusiasmada hacía arriba pero sólo veía piedras mohosas y alguna que otra calavera, que al igual que yo, disfrutaba de la ciudad luz en la oscuridad del inframundo parisino.
Se calcula que en las catacumbas de Paris hay alrededor de seis millones de ex-personas, casi el triple de la población de la superficie. Los esqueletos, exhumados de los cementerios durante los siglos XVIII y XIX fueron arrojados en los antiguos túneles de la ciudad. Una noche, de Pastis y pétanque (juego similiar a la bochas con el que los catáfilos matan las horas de aburrimiento), Pierre François me contó entre lágrimas que Wilson, esqueleto apodado en honor a la última película que Pierre François vio antes de su descenso, había sido raptado por la resaca de punks y yonkies que todavía seguían buscando su camino a Catalunya.

El ingreso a las canteras fue proscripto en 1955 y desde entonces los jóvenes encontraron allí un lugar ideal para escapar a las reglas “superficiales”. El inframundo parisino alcanzó su esplendor en las décadas de los años setentas y ochentas cuando el movimiento punk dio nuevos ímpetus rebeldes a la muchachada gala. Por aquel entonces bajar era más fácil porque había más entradas abiertas. A finales de los ochenta, el gobierno de la ciudad y los vecinos terminaron por clausurar casi todas las entradas y también se creó un grupo policial para patrullar los túneles en un vano esfuerzo por erradicar la catafilia. Digo en vano porque Xavi de Girona y su pandilla de catalanes nunca se fueron allí. Llegaron a las catacumbas en el verano de 1975, no se acuerdan cómo y hoy todavía siguen buscando el túnel que los conduzca a la Comunidad autónoma de Catalunya.
Xavi de Girona, o también conocido como “la temerosa botifarra”, estaba convencido de que Pierre François conocía el túnel de regreso a tierras catalanas. Fue en la desesperación de querer ir a festejar con sus compatriotas unas de las tantas victorias del Barça ante el Real Madrid que Xavi secuestró a Wilson. La recompensa: el mapa. Entre espasmo y espasmo del incontenible sollozo que lo había poseído, Pierre François me juró y perjuró que las canteras se extendían a lo sumo unos veinte kilómetros más allá de los límites urbanos, pero que no había forma alguna de cruzar la frontera bajo tierra.
Con la convivencia llega la costumbre y con la costumbre llega el amor, o al revés. No sé. La cuestión es que le tomé cierto cariño a mi “taupe de Paris” y decidí ayudarlo a recuperar a Wilson. Pasamos horas y horas descifrando mapas, trazando nuevos caminos, buscando bocas de alcantarilla abiertas, hasta que por fin dimos con la solución. Unas de las canteras conducía a la ciudad de Beauvais, donde la compañía de vuelos low-cost Ryanair tiene su aeropuerto. Una vez allí, Xavi de Girona y su pandilla podrían “agafar”(1) un avión, regresar a su país y quedarse tranquilos de que ya nadie volvería a preguntarles “¿pero qué es ese idioma que ustedes hablan?”.
La transacción se llevó a cabo sin el menor de los percances. Con Wilson dentro de una bolsa de arpillera vimos como “la temerosa Botifarra” y sus secuaces se convertían en una luz que iba menguando a medida que avanzaban. Los días que siguieron al rencuentro entre Wilson y Pierre François fueron de un júbilo digno de una boda real, claro que sólo para ellos dos. Pierre François pasaba los días acariciándole el cráneo a Wilson y todo lo que solíamos hacer juntos: visitar las cloacas del Louvre o Notre Dame, nadar en los embalses de agua negra, fantasear con robar las bóvedas bancarias para conquistar nuevas profundidades y agrandar nuestro dominio subterráneo se derritió como el helado al sol. Con el corazón acalambrado y mi traje de técnica reparadora de teléfonos decidí que era hora de subir la escalera para nunca volver a bajarla.
Hace ya tres meses que veo el sol, hace ya tres meses que veo todos los monumentos que alguna vez había visto desde abajo, hace ya tres meses que sé que la pétanque no es sólo el pasatiempo de los catáfilos, hace ya tres meses que no tomo el tren subterráneo por pura melancolía. Hace ya tres meses que extraño a la “toupe de Paris”.
19/5/2011
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