Ocaso pampeano

Por Javier Cardenal Taján (Argentina)
xabi10xabi@gmail.com

Continúan los homenajes a los íconos de la cultura argentina. En ésta ocasión, el vasco Recabarren hace una pausa en su relato para cambiar la perspectiva mientras que los hechos... consumados están.   

GauchoLa primera sensación al partir fue de mala espina. Con los críos enfermos dejaba el rancho y partía al más allá en un percherón deprimido. El viento era cruzado y me agarró de sorpresa, con poca prenda bajo el poncho, tal vez anunciando lo inevitable, tal vez queriendo llevarse almas a otros mundos. Fijé la vista al cielo, se venia el aguacero, sin embargo mi mirada buscaba algo más. Lo buscaba a Él, buscaba un guiño o, lo que más temía, su reprobación. Serian dos días a caballo, dos jornadas en las cuales la reflexión haría del tiempo un pasaje doloroso. Aún resuenan en mí las palabras de mi china implorando por un hombre que hacía rato que dejó de serlo. Era mi hora, era tiempo del orden establecer. A leguas de distancia me aguardaban; un viejo amigo, tal vez no tan amigo.

¿A qué endiablada causa se le podía atribuir este viaje? Quizás fueron las ganas de comprobar si realmente existe la justicia divina o, mejor dicho, desafiar aquella idea con la fría punta del facón. ¿Acaso habrán sido los sentimientos perturbadores los que no me dejaron otra opción? Es que habían sido mis manos desnudas las que alguna vez mataron. Y lo hicieron a sabiendas de lo que se venía, porque aquel negro no merecía tamaña sentencia. Debía volver, porque así como un buen gaucho no rehúsa a una bombilla caliente, o nunca toma una caña sin saber que luego hay otra pa' rempujarla, el hombre de llanuras tampoco deja a un hermano sin revancha. A veces la realidad es más extraña que la ficción, la ficción la hacemos nosotros en cambio la realidad es obra del de arriba. Y ahora me daba cuenta que lo único real es el miedo, y éste brotaba de mis poros haciendo flaquear un cuerpo que antes había sido de fierro más que carne.

La pampa estaba seca, ni rastros de la indiada quedaban. El sol compañero pegaba como un sueño dorado que le dice a uno que está vivo. Una noche había pasado, mis prendas derraman aromas de una pulpería que no recuerdo. A lo lejos los tejares comenzaban a florecer y el animal anticipando sensaciones oponía fiel resistencia, sabía que el camino de vuelta le sería huérfano de compañía. Los plumerillos flotan en el aire, traen deseos, de amor, deseos perversos o destinos ya dictados, tal vez el mío.

Llegando a mi destino observé el juego de sombras en el interior de la pulpería. Parecía que la tarde era agitada. A medida que me acercaba notaba que cada paso que procuraba se representaba con el ritmo sincopado de una guitarra, como si alguien me estuviese anunciando. Al entrar, mi presencia alteró la juerga. La clientela clavó miradas prostitutas en mí polvorienta humanidad y la guitarra cesó su canto. Era él, devenido en músico de ocasión para interpretar penas del pasado. No hizo falta que me quite el poncho o el pañuelo, al instante se puso de pie y proclamó mi nombre: ¡Fierro!, dijo con voz rasposa y resentida. Entonces comprendí que el sí tenía una causa por la cual pelear, y era la fuerza de una tropilla entera la que regaba su torso trabado o acaso la de su hermano muerto por mis manos. En cambio yo, no era más que un cascarón perdido y errante en las pampas del desconsuelo.

Gauchos - Martin FierroDe pronto y sin saberlo, como adelantando las hojas de un cuento, me encontré afuera cuchillo en mano. La noche estaba al caer y el negro se venía en atropellada. Orgulloso atiné a mostrar reflejos de antaño como así también estocadas sutiles que hirieron al moreno en el rostro. El único propósito era enseñar a los testigos de la riña cuan bueno había sido este pendenciero y cuan acabado estaba ahora. Una vez escuchado el murmullo aprobatorio del vulgo, comprendí que era suficiente. Miré hacia un costado, allí la ronda ajetreaba lazos, bebidas y exabruptos, y por un hueco divisé una ventana por cuyos barrotes se translucía el rostro inerte de un hombre. El duelo no lo había movilizado al exterior, sin embargo su mirada triste y abarrotada era cómplice de mi destino. No se movía pero me lo dijo todo. Así como él, que acaso estuvo toda una vida confinado a esa pulpería o, peor aún, a aquella pieza de barro, sabía que la melancolía era su gracia en este mundo, yo entendía que mi destino era morir solo y triste como el perro aventurero que fui.

A modo de despedida tomé la última bocanada de pampero y sentí como un frío cegador atravesaba mis entrañas. Una mueca entre extrañada y de satisfacción por parte del hermano vengador me sentenció para siempre. Su revancha era un hecho y mi historia estaba hecha.

17/8/2010

Ilustración: Carlos Roume para edición de "Martín Fierro"

 

 

 

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