Una tarde balcarceña se va... (y te ve llegar)
Por Javier Cardenal Taján (Argentina)
xabi10xabi@gmail.com

La diáfana tristeza se escurre entre los cedros,
un joven y su alma, centinela de un augurio, se marchitan
como la parra abandonada a la puerta de mayo;
ausente ya, me devoro en el mísero recuerdo de un sueño
[vacilante-
La sierra maestra destiñe el maquillaje tornasolado,
con la última de las fuerzas se acurruca intentando caber
en la sombra de la pomposa nube,
ya nadie la ve -se desangra sin lamentos-.
Tras ella, donde el sol cobarde decide esconder
el bálsamo anaranjado, te eriges tú...
silueta de seda y juventud que abre los cielos,
convida agua y vida al terruño apisonado por
los cruentos desamores y seco de esperar.
Inquietante y blanca timidez que descansa a tu lecho
¡Reina de la bondad!
Descalza bailas al son de las estrellas y sus parpadeos,
tus pies sucumben ante el húmedo latir de estos pagos
venerándolos como el grillo a la tierna pastura.
Al rato dialogas con el alba y sospechas de la brizna que,
refinada traidora, aleje tu confesión, la pose en alelados
Sonríes a tu meditar mientras claudicas [riachuelos.
ante la señorial introspección de tu ser,
suspiras entre frágiles días con la paciencia del viejo
árbol que espera el canto del pájaro que ya emigró.
Todo se ahuyenta y renace con la caricia al animal.
Sola ante el miedo sofocante de la efímera existencia
convidas tu alma de tersos y tibios colores que
mudos yacían en el mercado persa de las fantasías. Allí
truecas por caricias los juegos de la infancia,
sueñas con clarines y claveles, atesoras el silencio del
otoño, evocas en conjuro el remanso de Carhué,
y aguardas, con dócil postura,
por ese alguien que vele tu mirada.
18/10/2010
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