Fue de repente que una nube oscura pasó por mi mente y me dije: “Estamos en la B”. Quedaban pocos minutos para que finalizara el segundo tiempo y el manto negro de los penaltis opacó el encendido escarlata con el que estaban engalanadas las tribunas del Pascual Guerrero el sábado 17 de diciembre de 2011, día en el que América de Cali descendió a la segunda división.
Mi reflexión no carecía de validez: América, conformado por veteranos que cargaban en sus hombros el peso de trece campeonatos nacionales, lució ansioso desde el inicio del partido; Patriotas, un equipo pausado y ordenado, disfrutaba con calma de la presión que el Universo ejercía sobre sus desesperados colegas vestidos de rojo.
Y así mismo sucedió en el segundo tiempo, a pesar de que el tempranero gol de Jairo “El Tigre” Castillo alcanzó a darme cinco minutos de ilusión; Patriotas tomó el control de la calma, de la paciencia, de la sabiduría, mientras que los veteranos parecían mozalbetes que perdían la final de un torneo de barrio. América marró algunas opciones de gol, con desespero se adelantó y abrió sus líneas. Así, Patriotas empató. Y faltó poco para que la igualdad a un gol con la que finalizó el partido no terminara siendo un resultado a favor de los de Boyacá.
Después, ante la inminencia de los penaltis, tuve en cuenta que los jugadores del América lucían ansiosos e impotentes, mientras que los de Patriotas estaban tranquilos y confiados. Le pregunté a Judi, mi esposa, qué equipo habría de sortear los penaltis de mejor manera. Un simple silogismo resolvía la cuestión a favor de los tunjanos, a pesar de la veteranía de los unos y de la juventud e inexperiencia de los otros.
Cobró Jerson González, hizo lo que de él se esperaba; luego empató Patriotas y llegó el momento del segundo tiro del América. Jaime Córdoba sería el encargado. Miré a Judi con terror y le hice caer en cuenta de que ese jugador se había comido dos goles dentro del área (dentro de las cinco con cincuenta, para ser más exacto), que era un tipo que estaba lleno de nervios y ansiedad. Y me pregunté cómo pudo determinar el cuerpo técnico que precisamente él sería apto para cobrar. La respuesta fue inmediata: Córdoba demostró que su mala puntería seguía incólume y la inoperancia del cuerpo técnico quedó patente una vez más. La desazón al pensar en el equipo al que amo en la B seguía nublando mi mente, a pesar del penal que erró el muchacho de Patriotas; la misma se agudizó cuando falló “El Tigre”, quien calculó mal el salto y su presa escapó.
Quedaba el cobro del arquero de Patriotas, Carlos Chávez, muchacho hincha del América, como sus amigos, formado en el América, de familia fanática de “La Mechita”. Gol suyo y… ¡su equipo del alma acababa de descender! El desconsuelo invadió su rostro (estaba quieto, con todas esas emociones encontradas cruzando por su mente, mientras sus compañeros se aglutinaron en torno suyo), así como el de las cuarenta mil personas que estaban en el estadio y los de millones de hinchas que, en Cali y en Colombia, sentíamos cómo algo por dentro de nosotros se rompía y nunca podría ser reparado, por más campeonatos que se ganen en el futuro. Era cierto, acabábamos de descender. El América era un equipo de la B.
La tristeza me postró; por unos diez minutos fui incapaz de moverme, de mirar, de respirar, de pensar… Simplemente me resistía a sentir que soy hincha de un equipo que está en segunda división. ¿De qué valen los recuerdos ante la aplastante presencia del presente? Pero pensé que quiero a mi equipo aunque pierda, aunque descienda, y eso me hizo sonreír. Y me tranquilicé al pensar que lo más justo, y lo mejor que pudo haber sucedido, fue que América descendiera (Patriotas mereció el ascenso); quizás éste sea el revulsivo que necesita la institución en momentos como estos.
Lamentablemente unos estúpidos metieron baza en el asunto y sesenta y seis de ellos, que se hacen llamar “hinchas”, fueron detenidos por intervenir en los disturbios que sobrevinieron al partido. Un saldo de diez heridos dejaron. Igualmente, otro grupo de desadaptados han amenazado a Carlos Chávez y a su familia. Los millones de hinchas del América en toda Colombia, que hemos sido gallardos, que hemos recibido la derrota, el fracaso y la ignominia con dignidad, manteniendo nuestras frentes en alto, denigramos estas muestras de violenta e intransigente estupidez.
Sin embargo, la diatriba del destino contra los ahora sufridos hinchas americanos no comenzó ese nefando sábado 17 de diciembre de 2011. El 21 de diciembre de 2008 conseguimos nuestra estrella número trece (al campeonato siguiente después de la resignación que nos produjo haber sido subcampeones frente al Boyacá Chicó; a propósito, ¡ahí les enviamos a Patriotas para el clásico en el 2012, chicos!), pero fue gracias al trabajo y la dedicación del director técnico de entonces, Diego Umaña (excelente profesional a quien la junta directiva del club siempre había ofendido con el cargo de bombero), y al sencillo grupo de jugadores que dirigió. A partir de allí el equipo, tanto en jugadores como a cuerpo técnico se refiere, fue una radiografía de la pobreza con la que los directivos y administradores manejaron el club durante estos tres años en los que los hinchas sufrimos padecimientos sin nombre.
Que la institución estaba en la “Lista Clinton” (*), que algunos de los Rodríguez Orejuela seguían jodiendo por allí, que intervenía la Alcaldía de Cali, que la Gobernación del Valle, donaciones de los hinchas (entre los que me cuento), contrataciones de directores técnicos sin experiencia como Aponte o este último con acento ibérico, jugadores mediocres y sin motivación, pagos atrasados, deudas de seguridad social con los empleados… la debacle del América, independientemente de estar o no en la “Lista Clinton”, es la manifestación de la inoperancia, de la negligencia, la incuria y la corrupción que simboliza a buena parte de la sociedad y que se patentó en los directivos y dirigentes que cruzaron por las toldas rojas en los últimos años. Creo que, como yo, muchísimos hinchas del América estábamos pensando, de dos años a la fecha, que un descenso no sería inviable; no se veían, a pesar de los esfuerzos de algunas personas probas, la manera de sacar adelante a una institución a la que una familia empleó de manera exclusiva para solventar sus intereses, sin que les importara el dolor de tantas personas que quieren al equipo, así como de miles, millones más a quienes les conviene que el América esté en primera división.
Este domingo, al día siguiente del entierro, sin embargo, un abogado que hablaba a nombre del América dijo que pensaban demandar el partido porque un personaje de Patriotas no debería estar en el campo de juego durante la ejecución de los penaltis; posiblemente, según la normatividad del fútbol profesional colombiano, la demanda daría pie a ser admitida y sentenciada luego de un proceso sumario. Quizás prosperaría. Pero ayer la institución indicó que no impetraría el recurso jurídico porque “no tenían pruebas”. Una muestra más de la incuria de la dirigencia americana, pero, al fin y al cabo, un consuelo para los hinchas que tenemos dignidad y que preferíamos ver a nuestro equipo en la B (respetando, a la vez, a los jugadores y demás gente del Patriotas, que ganó en franca lid a un equipo que merecía descender) decorosamente, que jugando en la A con deshonra, por medio de una leguleyada.
“Bmérica” nos dicen ahora; bueno, creo que seremos Bmérica de ahora en adelante, para toda nuestra vida; al fin y al cabo, debemos ser conscientes de que padecemos la vergoña de ser hinchas del primer equipo histórico, grande, que desciende en Colombia (a mis amigos de otros países les comento que la figura del descenso es relativamente nueva acá, no tiene más de veinte años; de la misma manera, considero oportuno informales que el sistema de descenso es el del “promedio”, lo que ayudaba a que los equipos “grandes” tuvieran menos chances de descender, así como que antes descendía un solo equipo y que la “promoción” fue instituida hace poco tiempo). Seguramente más equipos denominados grandes descenderán, pero América fue el primero y ese estigma nos seguirá durante toda nuestra vida.
A pesar de ese sambenito, estoy orgulloso por la hidalguía y la caballerosidad con el que la hinchada del América aceptó el descenso; durante este tiempo los hinchas de “La Mechita”, en todo el país, hemos dado ejemplo de pundonor, acompañando siempre al equipo, sin importar su posición, llenando estadios, alentando, cantando. Ahora América deberá transitar por la B de local en casi todas las canchas. Recuerdo que así le tocó a Juventus, a Corinthians, que así le toca ahora a River Plate. Y esta es la coyuntura que el destino le presenta al América: o se inicia un proceso serio o el equipo se quedará en la segunda división, ante el dolor de sus hinchas, mientras siga la improvisación, la falta de ética y de profesionalismo, en todas las instancias de la Corporación.
Estoy orgulloso de decir que soy hincha de un equipo que me ha dado miles de alegrías, de un equipo en el que han jugado figuras de talla mundial, de un equipo que ha sido de los mejores del planeta, de un equipo cuya hinchada va de un extremo a otro del país, de un equipo que por lo menos no desapareció y que sigue vigente. ¡Plugo al Universo porque la B nos sirva para aprender y mejorar, para que este error que duró tantos años no se vuelva a repetir!
24/12/2011
(*) Nota de la Redacción: Varios equipos de fútbol de Colombia se encuentran en lo que se conoce como “Lista Clinton”. Por medio de está y a través del accionar conjunto del gobierno colombiano y el Departamento de tesoros de los Estados Unidos, ciertas instituciones sospechadas de haber mantenido relaciones con el narcotráfico, en el caso del América con el cartel de Cali y los hermanos Rodríguez Orejuela, se han visto presas de un bloqueo económico hasta que logren sanear sus deudas. El club América está en Ley de Insolvencia Económica y espera a que el gobierno de Juan Manuel Santos de la noticia de su salida de la antes mencionada lista.