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De piropos, babeos y repasos

Por Aleix Duran Ayxendri (España)
alduay@gmail.com

¡Atenti, pibe! Escribía hace unos meses el colega Javier Cardenal en esta casa, en una simpática y vertiginosa reflexión sobre la mujer argentina y su belleza, el paraíso terrenal en el que se convierte “porteñolandia” y sus calles, paraíso para el hombre, o tortura constante con masculinas miradas que denotan un quiero y no puedo. A eso voy, porque atentos, los pibes, ya lo están; y mucho, y no dejo de sufrir yo por esos cuellos articulados que nos dio la madre naturaleza y esas infinitas rotaciones de cuerpo superior – dignas de gimnastas de élite – que realizan algunos cuando el sexo femenino pasa por delante.

Y es que uno vuelve de sus tierras, alejadas del carácter latino, modosas, tímidas, metidas en gorros y guantes, inviernos, estufas, leyes anti-tabaco y crisis, y no encuentra nada más que el verano, ¡como si fuera poco! Y escotes, y shorts, y piernas, y rollers, y bosques de Palermo, y vestiditos de flores, y… en fin, mucha belleza en general. Todo bien, uno se lo toma con calma, lo sabe apreciar, da gracias, y tranquilamente sigue su camino, qué va a hacer.

Pero el argentino... ¡el argentino! Ni calma, ni tranquilidad, ni camino. Qué curiosos especímenes algunos, doctorados en el arte del repaso, o en la técnica del babear, de murmurar soto voce quién sabe qué, si tal vez eso de “¿se abrieron las puertas del cielo? Porque se escapó un ángel” o versiones similares y mejoradas, del gremio de la albañilería, que se diría allá en España.

Aunque mejor vayamos detenidamente a las rotaciones de cuello y torso, a las que ya me refería, como si se tratara de precisas panorámicas cinematográficas, horizontales y verticales, porque travellings va a ser que no, cuando todo el proceso de observación se lleva a cabo desde un mismo punto. Sí, a algunos puede parecernos complicado, temerario, todo un riesgo, pero, analizándolo bien, quizás resulte más fácil de lo que se cree, hay mucho arte por ahí. Así que veamos cómo va, e interesados tomen nota, que creo que estas letras se autodestruirán en breve.

Porque todo empieza con un hombre, estático, parado en cualquier lugar, con el localizador activado. Ella se acerca, pongamos, por avenida Santa Fe, que no es moco de pavo. El localizador se dispara, “bip-bip-bip-bip”, y ya está todo en marcha. Él procede a un lento movimiento de cuello, horizontal, suave, siguiendo la trayectoria de la susodicha. Ojo, se complica la cosa. Al mismo tiempo, el observador, por así llamarlo, realiza la inevitable panorámica vertical, de pies a cabeza o de cabeza a pies, que eso no importa cuando se trata de tal paisaje lleno de curvas imposibles, como las antiguas carreteras que iban al Pradell, el pueblo de mi tía.

Adivinen que el repaso seguramente se detenga en dos puntos concretos, uno u otro, creo no hace falta aclararlos, o los dos a la vez, dependiendo de la velocidad de ella y la destreza de él. Y, en ese momento, pareciera que el tiempo no pasa en los montes del Señor, y la melena de esa mujer vuela sensual con la brisa, a cámara lenta, como en esas películas yankees de instituto, cuando pasan por el pasillo las divinas y al freak de turno se le caen la carpeta, los papeles, y hasta las gafas de pasta, qué cosas.

Pero después de todo, el tiempo es el que es, aunque las percepciones se alteren. La mujer se aleja, y se pierde de vista hasta activar otro localizador masculino, quizás en la próxima cuadra, cuando el proceso, de nuevo, vuelva a empezar. ¿Quién dijo que los hombres no saben hacer dos cosas a la vez? Y los más habilidosos acompañan toda la secuencia con palabras, frasecitas o sintagmas verbales tipo “sos linda, sos hermosa”, eso que allá, a veces, cautiva a mis paisanas, generando cierta rabia entre los simpáticos pero no tan lanzados pretendientes del lugar.

En fin, que yo no sé si son formas de abordar a las mujeres, de mirarlas, tratarlas, o simplemente verlas pasar. No sé yo si son formas, si son las correctas, si son efectivas, si al final, por pesadez, algo cae del cielo. Qué sé yo, no lo sé, pero yo lo vi, justo en mi tercer día de “el regreso de Aleix” a Buenos Aires - como si de título hollywoodiense se tratara – ya me topé con algunas situaciones curiosas, con argentos altos cargos del repaso y el babeo. Yo me sonrío y pienso, “madre mía”, que la extraño mucho, “qué hambre tienen estos flacos”, ¡y será por parrillas! Aunque me parece que hablamos de otras carnes…

Pues eso y en definitiva, que no me voy a arriesgar a usar tales técnicas, las dejo para otros y para el divertimento cotidiano, la poesía callejera y el piropo gratuito.

Ilustración: Cecilia Ivanchevich, "El metiche", acrílico sobre tela, 30 x 30 cm (2006).

9/2/2011

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