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Buenos hambres
Por Aleix Duran Ayxendri (España)
alduay@gmail.com

Ya lo dijo alguien hace muchos, muchos años, cuando el diablo intentaba tentarlo. “No sólo de pan vive el hombre”. Y cuanta razón tenía. Hoy, el mundo invita a dejarse llevar por las tentaciones, la gente lo hace, y felices aunque, a veces, uno después no se guste ante el espejo… puede que sea el precio de la vida gastronómica – gastronomía popular, digamos – de Buenos Aires.
Predica la capital infinitas ofertas para sus fieles, pero con fuerza se practica el culto a la pizza y la empanada, esos alimentos llegados de Italia y Arabia, de tan lejos, y ahora tan argentinos. Como todo lo porteño, incluidas las personas, una mixtura de orígenes, olores, sabores y credos. Pero hay ciertos templos a estos manjares, todos concentrados en la tierra santa del centro de la ciudad. Guerrín, El Cuartito, Las Cuartetas, Kentucky (aunque la auténtica sucursal sea la de Santa Fe), esa santísima trinidad de cuatro, dónde uno pierde la cabeza con el sabor de una Napolitana, una fugazzetta con jamón y queso o sus empanadas, esas grandes, tónica general de estos lugares, dónde desabrocharse el botón del pantalón no está mal visto, es una natural consecuencia de la satisfacción.
Después está la carne, pecado capital. Parrillas y parrillitas de barrio, unas con más onda que otras, pero parrillas al fin y al cabo. Parrillas o paraditas ambulantes-estáticas, como en la Costanera Sur, donde es obligatorio comerse un choripán, un lomito, un churrasquito… más a lo under, sacándose los prejuicios ante esos alimentos – de algo nos tenemos que morir, mejor que el smog será, seguro – alrededor de los cuales giran leyendas e historias de la sabiduría popular. Chimichurri y condimentos varios para disfrutar entre amigos… ¡Cuidado!, no para invitar a una chica en la primera cita, eso cuando llegue la confianza, si llega. Para impresionar existen otros lugares místicos, no terrenales: Olsen (en Palermo) o el Café San Juan (en San Telmo). Para quedar bien, siempre que la billetera lo permita. Todo tiene un precio.
También hay gastronomía de emergencia en Buenos Aires, básica gastronomía de último recurso para aquellos momentos en que uno pierde la fe y se siente vacío en estas tierras del señor. Un panchito de kiosco o un alegre hippie con sus panes rellenos son la salvación para alimentarse y revivir al tercer día en la ajetreada vida urbana o en una noche de deshidratación.

Recursos y trucos de la moral gastronómica, sin remordimiento pero sin abusar, claro, estamos hablando de emergencias y soluciones que ofrece la ciudad. Y si no, siempre está el mate, que te engaña como a un bobo, cebada tras cebada te quita el hambre. ¡Magia! Sí, hasta que te mareas, te apoyas a la pared y llamas al delivery, con la desesperación: una pizza grande por favor. Bendita religión argentina la deliveración de todo lo imaginable, pecadora comodidad del hogar.
O a cocinar algo rico en casa, con amor, dedicación y humildad, que no hace daño, siempre va bien para pedirle sal a la vecina. “También tengo un vinito, ¿te animas?”. Y a comer.
24/6/2010
Fotos: Pizzeria El Cuartito (Rosa Ayxendri) / Choripanes en la Feria de Mataderos, (Anni Vila).
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