El pueblo español dice ahora estar indignado. Entrando en la curva descendiente de la primer década del Euro, que les permitió equipararse con las economías de la Europa más desarrollada y dejar de ser algo más que sol y playa, la burbuja se desinfla y el malestar crece al mismo ritmo que la tasa de desempleo. Cortos de memoria y escasos de perspectiva, sería bueno recordarles que durante los últimos años, sobraron los motivos para indignarse.
Indignante era, y sigue siendo, que a la descendencia española esparcida por toda Latinoamérica se la trate como parias al intentar pisar suelo español. No sólo a los que los que allí fueron en búsqueda de trabajo, sino incluso a los turistas. Ofensiva es la hojita fotocopiada que las agencias de turismo en Argentina le entregan a todo viajero que tenga planeado aterrizar en el aeropuerto de Barajas, donde se avisa que para poder traspasar los controles deberá presentar ante las autoridades correspondientes el pasaje de vuelta, una reserva de hotel, en caso de quedarse en casa de alguien una carta del anfitrión; y lo más importante, unos 30 euros por cada día de estadía en la querida y avara Madre Patria.
Indignante fue lo silenciosas que estaban las plazas de Madrid y Barcelona cuando mujeres ecuatorianas fueron brutalmente golpeadas en actos xanófobos. No se vio a nadie protestar en la Puerta del Sol cuando en julio de 2008, tres adolescentes madrileñas llevaron a un terreno baldío a una chica ecuatoriana menor de edad, para filmar alegremente como una de ellas la dejaba inconciente golpeando a la joven inmigrante repetidamente en la cabeza con puñetazos y patadas, mientras las otras se divertían registrando la paliza para luego subirla a Internet al grito de “mátala” o “dale fuerte”.
En aquella ocasión, sólo los ecuatorianos hicieron sentir su repudio en las calles. Desde el presidente Rafael Correa hasta funcionarios diplomáticos elevaron sus quejas oficiales, ignoradas por sus pares españoles. La Asociación Rumiñahui Hispano Ecuatoriana condenó la paliza acusando que “nuevamente la reactivación de brotes con alto contenido racista y xenófobo”, y que “estos ataques con tinte racista se han vuelto cotidianos en España, y muchos de ellos quedan en el olvido. Por varias ocasiones la asociación ha recibido denuncias de agresiones sin que se puedan probar. Incluso muchos de los afectados tienen temor a denunciar, quedando todo en la impunidad”. (1).
No era la primera vez que una mujer ecuatoriana era víctima de la poco deportiva “furia española”. El 7 de octubre de 2007, un joven español agredió públicamente con insultos y hasta una patada en el rostro a una joven de 16 años de esa nacionalidad; mientras le gritaba “zorra” e “inmigrante de mierda”. Aunque en aquella ocasión el agresor quedó detenido, hacia fin de mes ya se encontraba fuera de prisión. A no muchos españoles pareció indignarles esto, como poco indignados (por no decir indolentes) se mostraban los demás pasajeros del tren ante el ataque racista.
Sin embargo, no se llenaron las calles españolas de militantes progresistas y democráticos para condenar la creciente escalada xenófoba de su euromonetizada sociedad de consumo. No eran entonces los utópicos herederos del Mayo Francés los que colmaban los espacios públicos, sino la ultraderecha franquista y fascista que seguía protestando contra los inmigrantes, con el visto bueno y la permisividad del resto de la sociedad española, muy ocupada entonces por las revolucionarias rebajas de El Corte Inglés.
Incluso las fechas emblemáticas de la izquierda socialista pasaron a ser motivo de reunión fascistoide. Con lemas como “Ayudas sociales para los nacionales”, centenares de manifestantes colmaron el 1º de Mayo de 2008 la Plaza de España convocados por el legal y ultraderechista partido “Nación y Revolución”; acto que contó con el beneplácito de la Delegación de Gobierno madrileño. Para las autoridades, no había motivos para impedir la marcha, ya que no había nada de racista en consignas como “La inmigración destruye tu nación” o “La inmigración no es la solución” (vaya talento para las rimas que tienen estos chavales neonazis).
La buena cosecha de nazismo hispano de 2008 ya había dado sus frutos desde comienzo de aquel año, cuando en enero un juez autorizó otra marcha racista contra inmigrantes. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM), había dado luz verde a una manifestación del partido de corte racista Democracia Nacional (DN) el domingo 20 de ese mes se concentró frente al Ministerio de Asuntos Sociales con la consigna de barrer “esa escoria venida de tierras lejanas”.
Por si la consigna no era suficientemente clara, allí estaba el afiche para ilustrar claramente la visión de la España que tenían los nacionalistas locales: A la derecha (¿oh casualidad?) los buenos y blancos españoles, iluminados por el sol y bendecidos por una vida sana y tranquila; amenazados por un tercermundismo que ocupa la oscura y ominosa mitad izquierda, encabezados por un africano a punta de pistola y un misterioso cuchillero de bigote indudablemente rumano.
¿Rumanos? ¡Por supuesto! A no creer que el racismo español solamente se mide por la melanina. Los draculientos inmigrantes de los Cárpatos pelean mano a mano con africanos y latinoamericanos el podio de los cucos extranjeros que trauman el alienado sueño primermundista de la clase media española. Basta con mencionar cualquier tipo de robo en la vía pública, para que automáticamente el pequeño Sherlock Holmes que todo español lleva adentro resuelva el caso simplemente con un gentilicio: “¡rumanos!”. Tan extendido se hizo este prejuicio xenófobo, que en mayo de 2008 un negocio de productos informáticos de Mallorca lo sintetizó mejor que nadie al anunciar en su puerta de ingreso: “se prohíbe la entrada sin previo aviso a perros y rumanos” (2)
El dueño, que había sido víctima de un asalto a manos de delincuentes de esa nacionalidad, ofreció también un manifiesto que se podía leer tanto en la entrada como en interior del negocio: “Hoy quiero hablaros de algo, y es de esa plaga que va en aumento, son esos P... Rumanos ¡ohhh! que encima también trabajan los días de fiestas. Te dicen que no hablan español, pero lo entienden todo, voy a cortaros las manos rumanos hijos de P...”.
El método inductivo era simple: un extranjero comete un delito = todos los inmigrantes de dicha nacionalidad son delincuentes = ¡venga una marcha en contra de todo un país, tío!. Así se sucedieron marchas en contra de marroquíes, argelinos, y todo aquel que no contara con la real bendición de haber nacido en las tierras de los Reyes Católicos.
La ola xenófoba se llevó puesto incluso lo poco “socialista” y progresista que quedaba del PSOE gobernante. Aunque hoy los indignados acampantes protesten contra el sistema bipartidista, durante años bendijeron con su voto al candidato que más intolerante se mostrara contra la inmigración. Fue así que en las últimas campañas presidenciales de 2008, Mariano Rajoy (PP) y el reelecto presidente José Luis Rodríguez Zapatero compitieran por el voto demostrando quién de los dos era más duro con los extranjeros.
Mientras que el conservador Rajoy buscaba subir en las encuestas acusando al gobierno de Zapatero de no hacer nada contra los inmigrantes, incluso parecía más moderado que el poco “socialista y obrero” presidente español. “Hay que luchar contra la inmigración ilegal y trabajar por la integración”, proponía el principal candidato del PP, a lo que Zapatero retrucaba exponiendo lo permisivo que fue Rajoy como Ministro del Interior del gobierno de José María Aznar: “¡se legalizaron inmigrantes con el recibo de compra de una rueda de bicicleta, y habla usted de rigor, de orden y de seguridad!”, se indignaba Zapatero. Su apuesta por ubicarse a más la derecha que la habitual intolerancia conservadora le dio buenos resultados, y terminó ganando nuevamente la presidencia del país.
Los euros abundaban todavía, no era momento adecuado para que el electorado enarbolara las banderas de la anti-política. Con los bolsillos llenos, a nadie le importaba que la prosperidad financiera estuviera apoyada en el rol que asumió España como gendarme y perro guardián de Europa, filtrando con mano dura las corrientes migratorias de África y Latinoamérica. Euros a cambio de xenofobia, parecía entonces un acuerdo aceptable.
Mientras tanto, a esa clase media joven que hoy se muestra indignadamente militante y politizada, poco le interesaba el giro fascista de su gobierno socialista. Con el furor de las líneas aéreas de bajo costo, una verdadera elite de desocupados VIP llevaba una vida bohemia viajando por el mundo gracias a la revalorización de los subsidios de desempleo, que devinieron en un verdadero lujo gracias a la altísima cotización del Euro (cuyo valor es soportado por las espaldas de la economía alemana, que no sabe de años sabáticos).
Pues vaya que sobran motivos para indignarse en España. Indigno es que durante los últimos cinco años, las plazas estuvieran llenas solo de turistas y comensales de bares de tapas, pero nunca una protesta en contra de las tendencias más reaccionarias de un país que perdió la memoria. Indignante es que se disfrace de idealismo político y militancia revolucionaria una egoista pataleta económica frente al desvanecimiento de aquella falsa prosperidad.
Indignados, sobre todo, tenemos que seguir estando los latinoamericanos que descendemos de aquellos los españoles empobrecidos que cruzaron el atlántico huyendo de las calamidades de un país que siempre fue el patio trasero de la rica Europa, y nos siguen tratando como seres humanos de segunda.