La Argentina estuvo, está y muy probablemente seguirá estando vinculada a Chicago como un laboratorio viviente del orgullo de la Ciudad del Viento: su escuela de economía.
Revisando el archivo, y descartando el cúmulo de papeles que siempre son el desencanto de los que acceden a mi habitación, fui a dar con un artículo del New York Times sobre la Argentina. Antes de arrojarlo por borda, recalé en su título: “What happened to Argentina?” (¿Qué le pasó a la Argentina?).
El artículo, que sigue disponible online, fue escrito por Edward Glaeser -profesor de economía en Harvard- y publicado en el blog Economix del periódico estadounidense.
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Según Glaeser:
"Hace un siglo había sólo siete países en el mundo más prósperos que la Argentina: Bélgica, Suiza, Gran Bretaña y cuatro ex colonias Inglesas, incluyendo los Estados Unidos (…) En 1909, el ingreso per cápita en la Argentina era del 50 por ciento más que el de Italia, 180 por ciento más alto que el de Japón y casi cinco veces mayor que el del vecino país de Brasil."
Es a partir de estos y otros datos que el autor se pregunta: "¿Cómo es posible qué una nación que alguna vez fuera tan rica haya hecho tan mal las cosas?"
Para responder, Gleaser considera que:
“en su apogeo previo a la Primera Guerra Mundial, la Argentina prosperó como un gigante del comercio gracias a sus exportaciones de carnes y granos”, y destaca como luego de la Segunda Guerra Mundial “los hasta entonces países pobres como Japón, Corea e Italia también siguieron modelos impulsados por las exportaciones pero que los llevaron hacia la riqueza(…)Una combinación de choques externos (dos guerras mundiales y la Gran Depresión) y las políticas proteccionistas que se promovían a nivel mundial, también causaron que la Argentina comenzase a mirar hacia adentro”.
A partir de allí, el autor establece un paralelismo entre las ciudades de Chicago y Buenos Aires. Gleaser dice que las dos ciudades son "muy similares". Tanto Chicago como Buenos Aires fueron “conductos para la riqueza agrícola del interior de los dos países".
La comparación y/o la existencia de puntos de contacto entre Buenos Aires y Chicago nos llevan a otro autor: la escritora canadiense Naomi Klein que hace un poco más dos años presentó su libro LaDoctrina del Shock. Dicho trabajo supo levantar polvareda debido a su enjundioso ataque al fundamentalismo de libre mercado. La obra se sumerge en las agenda de las grandes empresas para mostrar cómo los capitales financieros oportunistas necesitan y promueven la miseria y el desastre. La autora nos desafía a analizar acontecimientos que cambiaron el mundo como por ejemplo el golpe militar promovido por Augusto Pinochet en Chile, el colapso de la Unión Soviética e incluso el huracán Katrina en los EE.UU, desde una perspectiva totalmente distinta.
Klein trae a la memoria de la tristemente célebre Escuela Económica de Chicago que tuvo a Milton Friedman y Arnold Harberger entre sus representantes más fervientes y como los mentores de un grupo de economistas que comenzó a ser conocido como los Chicago Boys.
Inicialmente, los Chicago Boys fueron unos 25 jóvenes economistas chilenos que fueron entrenados en la Universidad de Chicago bajo la tutela de Friedman y Harberger y de sus programas diseñados con un objetivo muy específico: implementar y probar su doctrina en los llamados países en desarrollo.
Aquellos cerebros adoctrinados en la escuela económica de Chicago, rápidamente se diseminaron por América Latina de la mano de Harberger y es hasta el día de hoy que sus discípulos ocupan posiciones de peso dentro del entramado polítco-económico de los países más desarrollados del continente. Según se mofa el propio Harberger, entre sus más de 300 estudiantes, por lo menos 30 llegaron a ser Ministros de Economía, mientras que otros 15 se convirtieron en Presidentes de los bancos centrales de sus respectivos países.
En septiembre de 1970, el presidente de los EE.UU Richard Nixon consideró que un régimen socialista como el de Salvador Allende en Chile no era aceptable y autorizó el desembolsó de 10 millones de dólares para evitar que Allende llegara al poder o en caso de hacerlo, poder derrocarlo. En respuesta a la victoria de Allende, los Estados Unidos iniciaron una fuerte campaña de guerra económica contra el país andino. Nixon exigió a sus subordinados "hacer gritar de dolor a la economía chilena". En línea con esto, el embajador estadounidense en Chile, Edward Korry, proclamó: "Estando Allende en Chile, ni una sola tuerca, ni una sola lámpara de luz les van a llegar a los chilenos. Vamos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para condenar a Chile y todos sus habitantes a todo tipo de privaciones y pobreza extrema."
Entonces, Henry Kissinger, Secretario de Estado estadounidense, dejó bien en claro cual era la posición de su país con respecto a la idea de democracia al decir: "No veo por qué tenemos que quedarnos quietos y observar como un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo. Los problemas de Chile son demasiado importantes como para dejar que los votantes chilenos decidan por sí mismos."
En 1973, la economía chilena sintió profundamente las sanciones económicas impuestas por el gobierno de Nixon: la inflación trepó hasta las nubes, el país no tenía reservas en moneda extranjera y el PBI estaba cayendo. A mediados de 1975, el gobierno de facto establece una serie de reformas tendientes a una política económica de libre mercado que intentaron detener la inflación y el colapso reinante. Para formular el rescate económico, la Junta Militar liderada por el general Augusto Pinochet, se basó en el asesoramiento recibido por los Chicago Boys. Las políticas económicas propuestas por los Chicago Boys y ejecutadas por la junta causaron que varios indicadores económicos disminuyeran, viéndose afectadas las clases más bajas de Chile.
En La Doctrina del Shock, Klein señala como las políticas de laissez faire implementadas por los Chicago Boys causaron las fuertes recesiones que Chile vivió en las décadas de 1970 y 1980. Entre 1973 y 1989, los salarios disminuyeron un ocho por ciento. Las asignaciones familiares disminuyeron un 72 por ciento entre 1970 y 1989, así como los presupuestos para educación, salud y vivienda habían descendido más del 20 por ciento en promedio.
En la Argentina fue Adolfo César Diz, un verdadero Chicago Boy y discípulo directo de Milton Friedman, quien desplegara las políticas de la escuela. Diz había obtenido su maestría y doctorado en Economía en la Universidad de Chicago. Una vez recibido, trabajó como Director Ejecutivo en el Fondo Monetario Internacional (FMI) entre 1967 y 1968. Después fue designado como el representante financiero de la Argentina en Europa hasta 1973. En 1976 con la llegada a la Argentina de la última y más cruel de las dictaduras, Diz encabezó el Banco Central, cargo que ocupó hasta 1981. Su currículum vítae también muestra trabajos como consultor para el Banco Mundial.
La lista de los Chicago Boys que sucedieron a Diz en el ambiente vernáculo -algunos de ellos también participaron en la administración pública- se puede engrosar con nombres tales como Roque Fernández (ministro de Economía, 1996-1999), Carlos Alfredo Rodríguez (viceministro de Economía, 1996-1998), Ricardo López Murphy (ministro de Economía 2001), Mario Blejer (Presidente del Banco Central en 2002; Vice Presidente en 2001), Fernando de Santibáñez, Pedro Pou y Claudio Loser.
Siguiendo la misma senda, también se puede mencionar a Domingo Felipe Cavallo (ministro de Economía, 1991-1996 y 2001), un economista que si bien estudió en la Universidad de Harvard, siempre mostró su simpatía por las políticas económicas esbozadas en la casa de estudios de Chicago.
Cavallo siempre será recordado por la puesta en marcha del plan de convertibilidad (aquel que fijó el dólar y el peso a un tipo de cambio de 1:1) entre 1991 y 2001, así como por la aplicación de políticas financieras durante principios de los años 80, y como presidente del Banco Central, que permitieron a las principales empresas privadas de Argentina transferir sus deudas al Estado convirtiendo sus deudas privadas en obligaciones públicas. La disposición meticulosamente planeada y ordenada por Cavallo significó que dichas empresas siguieran siendo dueñas de sus patrimonios y de los beneficios mientras que el pueblo tuvo que pagar entre $15 y $20 mil millones de dólares de las deudas que acumulaban. Entre las muchas empresas que recibieron de brazos abiertos tan generoso tratamiento, se pueden mencionar a Ford Motor Argentina, Chase Manhattan Bank, Citibank, IBM y Mercedes-Benz.
Otro canadiense, el economista Michel Chossudovsky fue uno de los primeros en levantar la voz ante el atropello vivido en la Casa de la Moneda. En su trabajo Chile, 11 de septiembre de 1973. Los ingredientes de un golpe militar, escrito al breve tiempo de ser derrocado Allende, autor no dudaba sobre la complicidad del gobierno estadounidense y la CIA como así tampoco sobre el impacto que la escuela de Chicago produjo en los países en desarrollo como Chile. Hasta el golpe encabezado por Pinochet, Chossudovsky daba clases en el país trasandino y en Argentina, país que visitó muchas veces incluso durante el período de la dictadura (1976-1983).
En 2003 y en su libro Globalización de la pobreza, nuevo orden mundial, Chossudovsky afirma:
“El golpe militar en Argentina fue un calco del golpe de Estado dirigido por la CIA en Chile. Detrás de las masacres y todo tipo de violaciones a los derechos humanos, esta vez las reformas de libre mercado habían sido prescriptas bajo la supervisión de los acreedores de la Argentina en Nueva York (…) El Fondo Monetario Internacional (FMI) aplicó sus recetas económicas mortales disfrazadas bajo la excusa del programa de ajuste estructural que todavía no había sido lanzado en forma oficial. La experiencia que se vivió en Chile y en Argentina bajo el marco de los "Chicago Boys" fue apenas un ensayo general de lo que vendría.”
Chossudovsky recuerda como “Las balas de las políticas de libre mercado golpeaban un país tras otro. Desde la crisis por las deudas que la mayoría de los países vivieron en la década de 1980, el FMI aplicó de manera sistemática la misma medicina en más de 150 países en desarrollo”.
A medida que su trabajo progresa, Chossudovsky observa en los países en desarrollo el mismo patrón de manipulación económica e injerencia política de los distintos organismos e instituciones con sede en Washington D.C, así como también de parte de aquellos economistas que habían sido muy bien entrenados en Chicago.
El autor destaca como muchos de estos economistas miraban a las políticas de libre mercado como un instrumento bien organizado de represión económica con el cual los precios de los alimentos se disparaban al igual que las tasas de desempleo, los salarios se congelaban para asegurar “la estabilidad económica y evitar presiones inflacionarias” y cientos de miles de personas eran conducidas a la hambruna.
Chossudovsky concluye diciendo que "La mayoría de los regímenes militares en América Latina fueron sustituidos por democracias parlamentarias a las cuales se les confió la horrible tarea de subastar a las economías nacionales ante los programas de privatizaciones patrocinados por el Banco Mundial".
Desde la llegada de los Chicago Boys a la Argentina a principios de los años 70, el país fue afectado al igual que un gran número de países en vías de desarrollo por una receta harto conocida y que siempre llevó a resultados similares: más de la mitad de las poblaciones de dichos países fueron excluidas de la economía, la aparición de la burbuja de la especulación frenética, corrupción desmedida, la política liderada por el amiguismo descarado, destrucción de las pequeñas y medianas empresas de capitales nacionales y una enorme transferencia de riqueza del sector público al privado fueron sólo algunos de los muchos resultados devastadores que se obtuvieron por haber tomado los tipos de medidas que suelen contar con poderosos adeptos en Washington D.C.
Regresando al libro de Klein, vemos que la autora dedica varias líneas a la Argentina en las cuales da detalles del impacto humano que tuvieron las políticas de los Chicago Boys aplicadas por la Junta Militar. A dichos impactos y sus resultados los califica de "inconfundibles", dejando bien en claro que no hay forma de no verlos o pasarlos por alto. Es así que la autora canadiense recuerda:
“En tan sólo un año, los salarios argentinos perdían un 40 por ciento de su valor, las fábricas cerraban y la pobreza crecía a ritmos acelerados. Antes que la Junta tomara el poder, Argentina tenía menos personas viviendo en estado de pobreza que Francia o los EE.UU. La tasa de pobreza era del 9 por ciento mientras que la de desempleo se ubicaba en 4,2 por ciento. Se intentaba demostrar que el pensamiento subdesarrollista estaba siendo dejado atrás. Sin embargo los barrios pobres no tenían agua y la presencia de enfermedades prevenibles en la población creció hasta las nubes.”
"Durante el gobierno de la Junta, la deuda externa de Argentina se disparó de $7.900 millones de dólares el año anterior al golpe de Estado a $45.000 millones dólares en el momento de la entrega del poder en 1983. Tamaña deuda había sido contraída con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco de Exportaciones e Importaciones de los EE.UU y otros tantos bancos privados con sede en los EE.UU."
“La suerte de las empresas extranjeras en Argentina cambió radicalmente una vez que la Junta tomó el poder y aplicó políticas de la Escuela de Chicago. Ahora podían inundar el mercado local con sus productos, pagar salarios más bajos, despedir trabajadores a su antojo y enviar a sus países de origen todos los beneficios obtenidos sin obstáculos ni regulaciones estatales de ningún tipo.”
Klein también menciona en su trabajo que una vez Milton Friedman consideró su papel en Chile como el de un médico que “se ofreció a dar consejos médicos al Gobierno para ayudar a erradicar una plaga, la plaga de la inflación". Del mismo modo, la escritora recuerda como Arnold Harberger, en ese entonces jefe del programa para América Latina en la Universidad de Chicago, fue aún más lejos cuando en una conferencia dictada a jóvenes economistas en la Argentina, después que la dictadura había terminado, dijo que los buenos economistas son aquellos que se constituyen como el tratamiento mismo a impartir al enfermo y que sirven como “anticuerpos para combatir las ideas y políticas anti-económicas". Seguramente Harberger entendía por políticas anti-económicas todas aquellas no afines al adoctrinamiento impartido desde Chicago.
Después de la crisis hiperinflacionaria a fines de la década de 1980 bajo la administración de Raúl Alfonsín, el candidato por el partido Justicialista, Carlos Menem, llegó al poder en 1989. Como presidente, Menem nombró a Domingo Cavallo como ministro de Economía en 1991, algo que Klein no deja que sea pasado por alto al repasar la primera medida que Cavallo adoptó tras asumir el cargo, "Él (Cavallo) de inmediato pidió refuerzos ideológicos, apilando dentro del gobierno a antiguos alumnos de Milton Friedman y de Arnold Harberger.”
"Prácticamente todos los principales puestos económicos del gobierno fueron ocupados por los Chicago Boys: Roque Fernández, que había trabajado tanto en el FMI como en el Banco Mundial, fue asignado Presidente del Banco Central y su vice fue Pedro Pou, otro niño de Chicago que había trabajado para la dictadura; Pablo Guidotti dejó su puesto de trabajo en el FMI al cual había llegado bajo el ala de uno ex profesor de la Universidad de Chicago, Michael Mussa, y fue nombrado jefe de asesores del BCRA.”
Cavallo y sus Chicago Boys rápidamente pusieron en marcha todo tipo de medidas destinadas a causar un verdadero shock en la economía nacional. Basta mencionar las fatídicas privatizaciones masivas. Fue durante los años noventa que el Estado argentino vendió, literalmente, las riquezas del país. Para 1994, el 90 por ciento de todas las empresas estatales habían sido vendidas a empresas privadas. Antes de realizar las ventas, Menem y Cavallo habían prestado un generoso y valiosísimo servicio para los nuevos propietarios: se habían encargado de despedir alrededor de 700.000 de sus trabajadores según las propias estimaciones de Cavallo, otras fuentes indican que el número fue mucho más alto.
Klein continúa:
"En la Argentina, como en tantos otros países, los Chicago Boys formaban una especie de tenaza ideológica que envolvía al gobierno electo, eran un grupo que se encargaba de apretar desde el interior mismo de la administración de turno para ejecutar obedientemente las presiones de Washington. Por ejemplo, las delegaciones del FMI que llegaban a Buenos Aires eran lideradas a menudo por Claudio Loser, un egresado de la Universidad de Chicago en 1971 que se convirtió en director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, el cargo más alto que se puede ocupar dentro del organo crediticio en cuanto a América Latina se refiere. Loser fue despedido después del colapso argentino de 2001. El consenso fue que el FMI durante su administración estaba tan enamorado de las políticas de libre mercado que mientras los países se mantuvieran reduciendo el gasto y privatizando sus economías, estos seguirían pidiendo préstamos y haciendo la vista gorda ante las evidentes debilidades que atravesaban sus economías: desempleo masivo y una corrupción rampante -por no hablar de la deuda insostenible que se generaba con el FMI".
La autora de La Doctrina del Shock ataca a las mentes del capitalismo y el libre mercado en forma directa al tiempo en que se cuestiona:
"Así como no hay forma amable y delicada por la cual poner a la gente contra su voluntad, tampoco existe una manera pacífica por la cual quitarle a millones de ciudadanos lo que necesitan para vivir con dignidad. Y esto es justamente lo que los Chicago Boys estaban decididos a hacer. El robo, ya sea de la tierra o de las formas de vida, requiere de la fuerza o al menos de una amenaza creíble, es por eso que los ladrones llevan armas y con frecuencia las utilizan. La tortura es repugnante pero a menudo es una forma racional de lograr un objetivo específico, de hecho, puede que sea la única manera de lograr esos objetivos. Lo que muchos eran incapaces de preguntarse en aquel momento en América Latina y que plantea la cuestión más profunda era si acaso el neoliberalismo era una ideología intrínsecamente violenta, y si había algo particular sobre sus objetivos para tener que exigir ciclos de limpieza política brutal seguidos por operaciones de limpieza de vidas humanas".
La nueva generación de los principales economistas argentinos también hace camino bajo la influencia de la doctrina de Chicago. El actual ministro de Economía, Amado Boudou, obtuvo su Doctorado y Magister en Economía en el Centro de Estudios Macroeconómicos Argentino (CEMA), una institución privada que es conocida en el medio local por su apoyo a las políticas neo-liberales y de libre mercado. Boudou entró a la administración pública en 1998, cuando fue nombrado jefe de la Gerencia de Presupuesto y Control de Gestión de la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSeS) por el entonces ministro de Economía Roque Fernández –otro ex-alumno del CEMA y con un doctorado en Economía por la Universidad de Chicago.
El pasado mes de enero y durante gran parte de febrero, los medios estuvieron pendiente a la novela (de hecho el principal protagonistas publicaría un libro sobre el asunto al poco tiempo) disparada por el entonces presidente del Banco Central (BCRA), Hernán Martín Pérez Redrado tras desatender ordenes de la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, sobre el uso de las reservas disponibles en moneda extranjera en las arcas del Central. Pronto, y siguiendo la formula del voto “no positivo” del Vicepresidente Julio Cleto Cobos, el presidente del BCRA se convirtió de la noche a la mañana en un paladín de la justicia y defensor a ultranza del erario público.
Pues bien, Martín Redrado (dicen que el Pérez no es de su agrado) también forma parte del pequeño grupo de economistas argentinos que completó una carrera impecable en los Estados Unidos y que simpatizan con las políticas de Chicago. Redrado obtuvo un Máster en Administración Pública en la Universidad de Harvard, para luego ser contratado por la firma de inversiones Salomon Brothers en Wall Street. También supo aconsejar a fines de la década de 1980 a Salomon en el manejo de la privatizaciones de British Airways, British Gas y la francesa Compagnie Financière de Suez. Trabajó para el Security Pacific Bank con base en Los Angeles hasta 1991, en el cual supervisó el plan de participación de beneficios para los empleados de Enersis y brindó sus consejos para la privatización de la empresa Telmex.
Tras este largo repaso, podemos afirmar que Chicago y Buenos Aires definitivamente mantienen una estrecha relación o punto de comparación como Edward Glaeser dijo en su artículo del New York Times; y no sólo por su actividad agroexportadora...
27/7/2010
Fuentes:
Klein, Naomi; The Shock Doctrine. The rise of disaster capitalism. Paperback, 2008