Buenos Aires es una ciudad de 15 millones de personas relativamente calma. Aunque los porteños se quejen constantemente de la inseguridad, o la violencia, la ciudad no se compara a las realidades de lugares como Rio de Janeiro o San Pablo.
De vez en cuando alguien de mi familia me llama para decirme que Buenos Aires está muy peligrosa, siguiendo los relatos de los turistas y la televisión. Sin embargo, la verdad es que para ser una gran capital latinoamericana, Buenos Aires anda bastante bien. Pero lo que sí abunda en la capital son los crímenes pequeños, carteristas, pequeños golpes y asaltos. Y sobre todo, los engaños.
A mí, un par de veces me hicieron entrar como por un caño. Sin contar los billetes falsos que a veces recibimos inadvertidamente por aquí. Tengo uno de cien pesos pegado en la heladera, para recordarme cuán “boluda” fui. Confieso que, a veces, me siento como en Ciudad Gótica.
Una vez, un chico visiblemente intoxicado, apuntó un cuchillo a una amiga de Bahía que venía a visitarme. Ella acababa de llegar, y nos pareció irónico salir de Salvador para sufrir un asalto en Buenos Aires. Fue cerca de la famosa Avenida Corrientes, en mi antiguo barrio, pero sinceramente lo considero un caso aislado, que al final fue solo un intento frustrado. Pero perdí la cuenta de cuántas veces, en las inmediaciones de Plaza Serrano o Armenia, han tratado de arrebatar mi bolso de la silla. Es muy rápido y tengo que admitir que lo que me salvó no fueron mis reflejos, sino los de amigos. Basta con un ligero golpe en la silla, y pronto uno se queda sin documentos, sin dinero y sin dignidad. Y una vez, vestidos de empleados de la oficina de turismo, se llevaron mi celular en San Telmo.
Los brasileños que visitan Buenos Aires, en mi humilde opinión, padecen de dos tipos de asaltos comunes: los consentidos y los no consentidos. Los consentidos suelen ocurrir en lugares como el Café Tortoni, las cenas shows de Tango y lugares como el restaurant Cabaña de Las Lilas, donde dejan cantidades incomprensibles de dinero por comidas y servicios que podrían ser adquiridos en otros establecimientos por precios más modestos y una experiencia bastante menos teatral.
En el caso de los incidentes no consentidos, el hit de la temporada es la calle Florida, ese templo de consumismo y mal gusto que inexplicablemente encabeza el ranking de los lugares más visitados por los brasileños en Baires. Se habla mucho de las viejitas de Florida que se ganan la vida llevándose las carteras de los turistas brasileños en estado de éxtasis consumista.
La conmoción es tal, que hizo que el Consulado de Brasil alertara a los brasileños sobre las trampas más comunes cuando se visita la ciudad. En los diarios, los pequeños golpes que sufren los brasileños en Buenos Aires ya son noticia habitual. Para mi sorpresa, también encontré en la televisión unos informes sensacionalistas (televisión y sensacionalismo son sinónimos en Argentina) alertando sobre las TRAMPINHAS (por aquí existe el mito de que los brasileños hablamos todo en diminutivo) que sufren los brasileños.
Eso me hizo recordar una película excelente, que vi años atrás, llamada Nueve Reinas, que mostraba una Buenos Aires repleta de personajes que quieren sacar ventaja: ladrones, maleantes y todo tipo de pequeños y grandes criminales. En verdad, la realidad de las grandes ciudades no se diferencia tanto de la ficción, por lo que vale la pena mantener los ojos abiertos y los bolsos bien cuidados.