Charly García: Una historia de rock'n'roll

Por Aleix Duran Ayxendri (España)
alduay@gmail.com

Charly García

Charly García es ya una costumbre argentina. Como el mate, como el fernet, como dirían “un gusto adquirido”, pero fácil de asimilar, acostumbrando a gustar la primera vez, con esos himnos que ya están en el sentimiento de todo argentino (y otros). Pero Charly también es controversia, excesos, drogas, decadencia, transgresión… en fin, “rock’n’roll nene” como diría Pomelo. Todo un lado oscuro, con una áurea de conflicto, de polémica, de agresiones. Ángel y demonio, volando libre en el cielo antes de nadar en una terrenal pileta, merca y milagro, Charly en definitiva.

Y hablando y hablando una noche reciente, en un ambiente humeante, con un trago en la mano, con la tranquilidad y el bienestar de la conversación relajada, el aturdimiento del alcohol y la compañía de un buen amigo. Revelación, historia desconocida por mí, de ebriedad y rock’n’roll en estado puro. De la boca de él surge el nombre de Charly. Me despierta el interés, le animo a que me cuente. No me cuesta demasiado, “algunas noches soy fácil” como dirían los Babasónicos. Habla, entre risas.

Me pasó como hace seis años. Habíamos ido a una peña con un amigo. Tomamos vino toda la noche, terminamos como a las seis de la mañana, re en pedo, a nivel zig-zag. Al salir, ya de día, el camino nos llevó hasta Coronel Díaz y Santa Fe, donde todo el mundo sabe que vive Charly. Yo era fanático de él en esos momentos y mi amigo me sacó mi lado oscuro. “Mirá, está la puerta abierta, toquemos el timbre”. Atendió Charly, (imita su voz demacrada) “hola, hola, ¿quién es, quién mierda es?”. El alcohol nos hizo entrar y llegamos a la puerta de Charly… toda escrita por otros fans boludos. Apreté el timbre, la puerta estaba entornada y la locura del momento me tentaba a entrar… pero se abrió de repente y salió un flaco de metro ochenta y cinco, desgarbado, mal afeitado, con cara de feo… era Charly. Me gritó “¿qué hacés, quién sos, que mierda querés?”, iba braceando. Le dije, para entrar en confianza, “¡pará Carlos, no flashees, te quiero conocer!

Interrupción. Apogeo de risas, desahogo. Carlos le dijo él, como si fuera su mamá. Carlos. Charly es Charly desde la primaria, desde los siete años. ¿Cómo se le ocurrió? El cansancio más que el alcohol, debió ser eso, o el maní que les acompañó con el vino, en esa peña; o la emoción, la locura. La complejidad, la espontaneidad, la imprevisión del ser humano, seguramente.

¡Boludo… estaba re en pedo, es lo que me salió! La cuestión es que el loco me pegó una piña, patadas, se me vino encima, pateando como una niña. Y en eso mi amigo le dice “¡pará Charly!”. Charly no lo había visto y claro, se asustó. Se metió en la casa y cerró de un portazo. Y yo fui de nuevo a golpear la puerta, “¡dale Carlos, abrí, te quiero conocer!”. Él gritó desde adentro “¡váyanse, váyanse, voy a llamar a la policia!”. Yo re en pedo le decía “¡llamá a la policia, hacé lo que quieras, te quiero conocer!”. Nos quedamos un rato más escuchando delante de la puerta… pero al final nos fuimos. Cuando estuvimos en la calle, mi amigo me miró, yo tenía una marquita roja en la ceja. Me dijo, “¿te diste cuenta de lo que pasó? Charly te pegó, ¡vayamos a denunciarlo, saquémosle plata!” Nos reímos, obviamente era joda. Fue todo tan loco…

Y si fue loco… risas y risas. Locura desmesurada la de aquella noche, pensé. A la altura de Charly, como no, pero siendo él la víctima (en cierta medida), la parte pasiva. Qué curioso. Así debe chamuyar a las minas mi compañero de bar, mediante “el episodio con Charly García”, se lo tenía bien escondido.

Una historia anónima de rock’n’roll argentino fuera de los escenarios, en las calles de Buenos Aires. Y Charly siempre presente. Siempre ahí, dispuesto a sorprender, con su paranoia, con unas piñas preparadas para un pobre fan llevado por la embriaguez y la insistencia de un amigo, una noche cualquiera, de un día cualquiera. Charly, historia viva del rock nacional, presente en todos, para bien o para mal, en su música o en la sutileza de una piña con su mano de Piano bar. Ahí está para emocionarnos, para divertirnos, para sorprendernos, para odiarlo, para amarlo, para perder plata en un recital fallido… para cualquier cosa, que siga sorprendiendo. Que así sea, dejar indiferente no es su fuerte.

30/8/2010

 

 

 

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